jueves, 29 de diciembre de 2011

¿Sueño o realidad?

He pasado uno de los días más raros de mi vida.

A diferencia de un día cualquiera, me levanté de la cama pronto (prontísimo dentro de mis parámetros). Me dirigí hacia el baño para realizar la primera micción del día y como un autómata, giré 180º y di un paso para ponerme frente al espejo, lavarme la cara y eliminar las múltiples legañas que asomaban por mis ojos.

El caso es que al eliminar las legañas de mis ojos y con la cara aun mojada, me miré en el espejo como viene siendo costumbre y fui incapaz de reconocer la cara que ahí se reflejaba. ¿Era yo pero había cambiado radicalmente en 7 horas de sueño? ¿No lo era y resulta que se trataba de otra persona?

Intentar admitir que en unas pocas horas mis facciones habían cambiado radicalmente y como era de esperar habían ido a peor, hizo que me inclinara por la 2ª opción que me quedaba: no se trataba de mi.

La verdad es que recapitulando los pocos indicadores que me podían servir de guia, daban una idea de que esta podría ser la verdadera razón. Al mear, había notado un encogimiento notable del tamaño de mis partes (eran de tamaño apreciable, pero más pequeñas, no es por presumir) y la ventosidad expelida tras el último apretón de abdominales para sacar el último chorrillo no era digna de mi. Eso por no dejar de mencionar que las horas a las que me había levantado eran a todas luces dignas de un ser serio, responsable y trabajador.

Con estos (pocos) datos me rendí a la evidencia, decidí que no era yo y que por tanto lo normal es que debería de comportarme de manera distinta. Y a eso me dediqué la jornada entera. No sería más que una manera de autoconvencerme de que no se trataba de mi y que alguien había usurpado mi alma o lo que quisiera que hubiera podido usurpar.

Total, que al ver el aspecto de la cocina, tras hacer un zumo (y no mezclarlo con vodka) no solo el exprimidor quedó perfectamente limpio si no que el resto de la cocina tomo un aspecto mucho más decente y con todo más ordenado. Tras el zumo, creí conveniente empezar el día tomando los cereales que nunca me había atrevido a abrir y deleitarme con el sabor de una estupenda tostada con aceite de oliva, ajo untado y sal.

De la cocina salí directo al dormitorio donde sin saber cómo ni por qué, ya tenía las ventanas completamente abiertas, y la cama estaba con toda la ropa desplegada y ventilándose. Como si de una rutina totalmente asumida, hice la cama, cogí unos cojines y allí que quedó la cama perfectamente hecha y aguardando que la noche siguiente me arropara entre sus sábanas. En las sillas del dormitorio al rato de pasar por ahí no quedaba apenas ropa y la poca que ahí quedó estaba perfectamente doblada y colocada.

Evidentemente algo había pasado esa noche.

Lo que sí que no cambió era mi condición de ocioso desempleado, aunque con ganas de hacer deporte para cuidar mi cuerpo y mantenerme en forma. Total que me dediqué a salir a hacer deporte por la calle como uno más de aquellos que extrañamente disfrutan correteando por ahí con mallas apretadas, sudando y echando el bofe.

Tras una sudada de las que hacen época (completamente satisfecho y relajado), en casa disfruté como un enano de la ducha y tras ella, me encontré en la cocina dispuesto a prepararme una comida lo más decente posible.
Como era de esperar, la nevera lo que más tenía dentro era aire fresco, así que sin comerlo ni beberlo me dirigí al Mercadona con mi carrito y bolsas de tela, presto a comprar vituallas. Es curioso pero disfruté dando vueltas por entre los pasillos, comparando precios y eligiendo alimentos frescos y desechando la gran variedad de precocinados que ploblaban las estanterías. Con el carrito poblado por la compra, volví a casa y me acomodé en la cocina para colocar todo en su sitio y prepararme algo medianamente elaborado.

Tras la comida aun tuve ganas de coger un libro que tenía evitando que la mesa del salón cojeara y me puse a leer, ni rastro de ganas de echarme la siesta. Sospechoso. Y no contento con esto, no se me ocurrió mejor cosa que ponerme un bañador e irme a la piscina municipal a nadar una hora.

Todas fueron actividades que salieron de mi gustosamente y las cuales disfruté realizando, pero algo en mi interior me seguía diciendo que no era yo… y este comportamiento estaba haciendo reaccionar a algo en mi interior que se resistía al cambio. A la vuelta de la piscina hice una intentona de adentrarme en el primer bar por el que pase, atraído por el olor de la frintanga que allí se estaba preparando y ante la magnífica visión del grifo de cerveza rebosante de condensación y muestra de que lo que ahí se encontraba era un líquido perfectamente frío y dispuesto a ser servido.

Pero no. No hubo manera porque mi otro yo me convenció de que al día siguiente había que levantarse pronto, no podíamos estar por ahí golfeando porque al día siguiente había labor que realizar y mejor estar perfectamente descansado a pagar el resto de la semana las consecuencias de una imprudencia.

¿Qué más pruebas quería para saberme tomado por otra persona? ¿Madrugar? Si yo no tengo trabajo ¿Pagar consecuencias? Pero si disfruto de mi resaca tirado en el sofá horas y horas hasta que me encuentro con fuerzas de tomar otra cerveza.
Me encontraba poseído por alguien que me revolvía lo más profundo de mi conciencia.

Pero bueno, dado que no me trataba de mi… no tuve más remedio que obedecer y retirarme pronto a casa, cenar algo ligero y meterme en la cama antes de que el día hubiera finalizado.

Cuando hube abierto los ojos al día siguiente, me di cuenta de que me levantaba con mejor espíritu, el reloj marcaba de largo las doce del mediodía, mi viaje al baño fue como el de otro día cualquiera con meada y atronadora expulsión de gases… al darme media vuelta, el espejo delató que era yo quien ahí se encontraba.

Feliz y contento me dirigí a la cocina a tomar algo, lo primero que pillara y dejando en la pila los cacharros que hube utilizado.

¡Uf!... todo había sido un mal sueño, aunque… el estado de orden de la cocina, las agujetas y la total ausencia de resaca eran prueba de que algo raro había pasado el día anterior.  

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Ego

Tengo un problema. He conocido a una mujer estupenda.

Dicen que cuando puedes estar con una persona largos ratos en silencio sin sentirte incómodo es que ahí, hay algo. Pues bien, creo que es el caso y además no se limita a solo esto.

Dormir con ella es un primor. No me pone encima sus pies helados ni invade mi lado de la cama, así como tampoco protesta caso de que sea yo quien invada su mitad. Llegados al extremo, no me lleva la contraria nunca, no me replica y atiende con esa carita de ángel, boca y ojos abiertos todo aquello que tengo a bien contarle. 

Tengo que reconocer que a veces pienso que tanto silencio por su parte me enoja un poco, pero pronto pienso que ella es así, que así sabía que era desde el principio y acabo aceptando de buen grado su comportamiento.

Sobre los momentos íntimos, como soy un caballero no voy a contar nada, eso queda entre los dos. Pero bien es cierto, que si no mantengo la presión deseada en ella, puedo llegar a tener noches frustrantes.

El problema realmente está llegando en los momentos que veo que ella se niega no solo a leer mis textos, no me dice por qué, y por tanto no obtengo crítica alguna. Cosa que deseo con toda mi alma.

Creo que voy a cortar con ella (aunque no sé si dejar que las cosas avancen por si solas y se pinche la relación), para entonces buscar una mujer de carne y hueso, que aunque me haga fregar los platos y cocinar, al menos tenga curiosidad por leer.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Autoestima

Voy buscando últimamente la manera de subir mi autoestima de la manera más eficaz posible, es decir, que me cueste nada o menos y que los resultados sean satisfactorios.

Esto durante un tiempo casaba mal con el pliego de condiciones inicial, dado que la búsqueda se estaba tornando dificultosa, lo cual añadía una carga extra de trabajo que no estoy dispuesto a asumir y lo que es peor, la falta de éxito en mi empresa ejercía el efecto contrario al deseado. Mi autoestima me está obligando a agacharme cuando quiero recogerla.

Ahora estoy probando con una nueva estrategia y creo que puede ser la definitiva.

Me estoy empezando a rodear de objetos, pero no cualquier tipo de objeto, no… todos están siendo elegidos muy concienzudamente: una lata de cerveza vacía, un reloj de cuco al que me niego a darle cuerda (y arranqué con saña el cuco), un aparato de abdominales comprado en el teletienda, el programa electoral de varios partidos, un CD de una de las muchas galas de OT, un alargador de pene y así hasta un largo etcétera.

El verme rodeado de esta serie de objetos completamente inútiles, está logrando definitivamente que yo no me sienta como tal y ver que soy capaz de algo.

viernes, 28 de octubre de 2011

Decisiones

Estamos en épocas de grandes decisiones, trascendentales diría yo. Una de ellas, creo yo que va a tener grandes consecuencias para mi.

He decidido cortarme la uña del dedo meñique y dejarla con una longitud similar a las del resto de dedos cuando no son mordisqueadas fruto de mis nervios.
Aun con esa desafortunada manía (mordisquearme las uñas), siempre la uña del meñique izquierdo ha tenido unas proporciones magnánimas aunque sin llegar a las de la atleta Florence Griffith.

Bueno, puede que os preguntéis quien es esa mujer… yo es que soy muy mayor así que os conmino a que busquéis en google y os ilustréis.

Bien, el caso es que entre los múltiples usos que se les puede dar a una uña larga, la de mi meñique tenían la misión de limpiar el cerumen de mis orejas. Labor a la que me empleaba con fruición, pero he aquí que un día me apliqué tanto a la labor que al sacar el dedo, enredada entre una amalgama de pelos y cerumen, se encontraba atrapada una idea.

¡Había sido capaz de sacarme una idea de la cabeza!

Esto daba que pensar… había algo ahí dentro, e incluso se me abría la posibilidad de sacarlas al exterior para ver si fructifican. ¿Habría dado con una veta de ideas y todo lo más que tenía que hacer era seguir escarbando y escarbando para sacarlas todas al exterior?

No se hable más… no es tiempo para vacilaciones y sí para la toma de decisiones importantes. Hay que seguir por esa senda, pero las cosas bien hechas, bien parecen. Me cortaré la uña pues para su función principal no servirá, a partir de ahora usaré la herramienta apropiada: bastoncillos.

Así las ideas que me saque, las tendré entre algodones. 

martes, 25 de octubre de 2011

Noventas.

Aprovechando que un conocido ha convocado una fiesta rememorando los años 90 creo que he sacado la excusa perfecta para escribir unas líneas a colación de dichos años dorados de nuestra (ya lejana) juventud.

Es ahora cuando podemos presumir de cierto criterio crítico, poder ver las cosas en su real dimensión y darnos cuenta de las memeces que pudimos llegar a hacer, cómo vestíamos y la cantidad de mierda musical que llegamos a ser capaces de digerir sin quejarnos ni un ápice.

Debe ser cosa de la edad. Al igual que antes éramos capaces de bebernos hasta el agua de los floreros, matarratas o lo que nos echaran en un vaso de tubo (¿tiene hielos? ¡¡¡A dentro!!!), pues éramos capaces de bailar una nochevieja entera a Whigfield  con su Saturday Night sin morirnos de la vergüenza o sin mostrar ni un atisbo de arrepentimiento ni intención de hacer penitencia.

Musicalmente hablando dio mucho de si la década, aparecieron como rosquillas pseudos raperos duros, o muy duros como el Vanila Ice, un tío que al explotar la guerra del golfo (la primera) suspendió su gira por miedo a ser víctima de un atentado islamista. No hijo… los islamistas no creo que tuvieran más ganas de ponerte un petardo en el culo que los que escuchando los 40 o tomándose sus minis de cerveza (sí sí… en los 90 se bebía la cerveza en minis y los compartías con los colegas) tenían que escuchar cosas como “Ice Baby”.

Dentro del selecto club de los pseudos raperos, tenemos a MC Hammer (y su fusilamiento de Der Komissar de Falco) o nuestro Prícipe de Bell Air que por muy simpático que nos caiga y buen actor, tiene la mancha de su música y la ropa que vestía en la ya nombrada serie.

Los ejemplos son infinitos pero nos gustaban. ¿Por qué? Porque éramos jóvenes y digeríamos lo que fuera de buen grado y de mejor grado si eso le gustaba a la chica (o chico) que a ti te hacía tilín, que es que somos (o éramos) así de falsos.

En nuestro país no nos quedábamos atrás, el amanecer de una nueva música y manera de pasar los fines de semana causó serios estragos al panorama musical y las neuronas de más de uno. Bueno, no todo va a ser malo, las embotelladoras de agua, otorrinolaringólogos y psiquiatras hicieron buen negocio (y siguen).

Qué decir de el ínclito Chimo Bayo con su Extasi, en fin… memorable. También podemos cambiar de tercio y mirar a los Camela. De la gasolinera a la gloria, de los autos de choque a las listas de éxitos de las radiofórmulas. Que alguien se pase a mirar las portadas de sus primeros discos, aparte de ser iguales (ahí posando ellos)… el de los pelos largos no se quitaba el chaleco nunca. Digo yo que con tanta casette vendida, por lo menos tendría para ir a Zara a comprar ropa, ¿no?

También hay ejemplos de buena música que no es el fin de este post. Que aburrido si no.

Pasemos ahora al tema moda… otro que puede dar mucho de sí.

Si pensábamos que tras Eva Nasarre y su puesta de moda de los calentadores en los 80 habíamos tocado fondo, no… aun podíamos escarbar más. En este aspecto podemos echar gran parte de la culpa a las series americanas y la moda importada del otro lado del Atlántico: Sensación de Vivir (de potar), El Príncipe de Bell Air, Mel Rose Place… hasta la afamada Friends han sido un mal ejemplo de cómo debían de vestirse los jóvenes (y las jóvenas) y más que un mal ejemplo, hasta una afrenta al buen gusto. Lo malo de todo esto, es que no había otra cosa que comprar y ponerse. Por aquel entonces ir con los pantalones de pitillo, la camiseta de Iron Maiden y las All Star, (bueno, las John Smith) ya no molaba tanto.

Las camisas marcaron un hito en cuanto a brillos, estampados imposibles y abotonamientos hasta el cuello. Por poner un ejemplo, miremos a Chiquito, Will Smith en su ya nombrado Príncipe… o el de una serie que tuvo su aquel: Parker Lewis Nunca Pierde.
Aquí también tendrían cabida la camisa vaquera, otra que tuvo su aquel y que un jovencito Jesús Vázquez en un infumable “Hablando se Entiende la Vasca” presentaba, además de provocar los más bajos pensamientos de las féminas. Por cierto mozas, siento deciros que es gay y está casado por si aun albergabais esperanzas de reformarlo (yo casi he desistido con Jodie Foster).

Las camisetas tuvieron un hit entre los hits. Ahora dudo de si fue más de los finales 80 o podemos echarle la culpa a los 90 de la irrupción de… TACHAN!!!!! “Smilie”. ¿Cuantas camisetas se llegarían a ver de ese redondel amarillo con ojos y sonrisa?

En cuanto a los pantalones, podríamos decir que si la moda es algo cíclico, lo de los pantalones deberíamos asemejarlo al movimiento de una onda. Actualmente nos encontramos en el valle de la onda y en los 90 estábamos en plena cresta.

No no… Cachuli no fue un innovador en eso de llevar el pantalón sobaquero, en los 90 eso ya se llevaba y si no, podemos echar un vistazo a Manolo García (El Último de la Fila) y muchas fotos que por ahí tenemos. Ahora nos encontramos en el valle como digo, y si no vas enseñando la marca de tus gayumbos no eres cool.

Como una acción reacción, claro está, llevar el pantalón sobaquero mostraba los calcetines y por eso había que cuidarse muy mucho de no llevarlos blancos (y de los de la ralla azul y roja menos). Ahora, como los llevas por las rodillas raro es ver a nadie con los bajos destrozados o llenos de mierda, literalmente hablando, tras haber barrido las calles de tu ciudad o pueblo.

El caso es que, como comentaba al principio, es ahora cuando a alguien se le ocurre hacer una fiesta temática que a uno le da por echar la mirada atrás… muy atrás y te quedas maravillado de cómo se podía ir así por la calle, cómo te podía gustar tal serie o cómo podías bailar sin descanso ciertos temas que ahora causan sonrojo al escuchar.

Siempre podremos achacarlo a que nos hacemos mayores, que los gustos cambian… sí… pero hay ciertas cosas que son inamovibles como puede ser que los Beatles o Leonard Cohen (aun siendo un muermo de tío) nunca dejen de ser buenos y que mucha de las cosas nombradas anteriormente, nunca fueron buenas.

Las digeríamos como digeríamos Don Simón en el parque con los colegas, y no por ello el tintorro en Tetra Brik antes era bueno y ahora no. Nunca lo fue y ahora nos damos cuenta.

viernes, 7 de octubre de 2011

Miedo


Uno de estos días en los que me he sentido más aburrido que de costumbre, me dio por hacer un acto de introspección personal y ponerme a indagar en los más profundo de mi persona. Vamos, que no había logrado engañar a nadie para salir a tomar algo y que me diera el aire. Así que entre mirarme un poco el ombligo o presenciar el deplorable panorama televisivo me incliné por mi persona.


El caso es que tras un rato pensando en nada y tras sacar varias pelusas incrustadas en el comúnmente llamado timbre (un gran misterio el cómo llegan a ocultarse ahí, ¿procrean acaso?), caí en la cuenta que no tenía ningún miedo o fobia destacable.

Como acto meramente experimental, no se me ocurrió otra cosa que meterme en el armario (para luego salir de él.. je je… que cachondo que soy) a ver si la oscuridad o el estar encerrado provocaba en mi alguna sensación desagradable o simplemente el más absoluto de los pánicos. Nada.
Probé abriendo el armarito bajo el fregadero en el que tengo el cubo de basura y metí la mano por ahí, a ver si el tacto de las hormigas o cucarachas que ahí habitan ejercían esa sensación de pavor tantas veces comentadas por la gente. En fin… tampoco funcionaba.

Me estaba empezando a inquietar el ver que no tenía miedo a nada, tampoco al hecho de encontrarme solo en casa (eso puede que llegue a ser un coñazo, pero miedo no me daba), escuchar los sonidos de las tuberías o los misteriosos pasos de mi vecina de arriba. Ahora que caigo, guarda cierto parecido con la madre de Norman Bates, pero es un encanto de mujer y cuando hace callos siempre me baja un tupper.

Ya llevaba un buen rato dándole vueltas al tema y la angustia se estaba apoderando de mi. ¿Cómo podía ser que no tuviera miedo a nada? No podía salir a la calle con esta actitud de “Juan Sin Miedo”, pasear por la casa de campo a las tantas de la madrugada sin temor a que una trabajadora del amor me asaltara, no podría estar tan tranquilo en casa sin pensar en que en un momento dado alguien viniera a robar o un cortocircuito iniciara un fuego y quemase mi colección de toreros y sevillanas.

De repente una gota de sudor frío partió de mi sien y bajó lentamente recorriendo mi cara hasta precipitarse al vacío. Estaba acojonado por el hecho de no tener miedo… y eso me reconfortó. Al menos tenía miedo a algo.

Por cierto, huelo a callos, voy a subir a devolverle el tupper a mi vecina.

martes, 20 de septiembre de 2011

El regreso

La vuelta de vacaciones ha resultado peor de lo que me esperaba, estoy pasando por un periodo de adaptación realmente duro y al que no veo salida en un corto periodo de tiempo.

No he sufrido la depresión post-vacacional, esa que tanto hablan los telediarios actualmente y que viene muy bien para llenar los bolsillos de los terapeutas espabilados de turno. Pero la cosa parece ser mucho más seria que eso.

Desde el primer día que sonó el despertador, su pitido me resultó gracioso y no algo chirriante que siempre me sobresaltaba en el momento más álgido de alguno de los sueños, sueños que luego soy incapaz de recordar. Salgo de la cama de buena gana y si me lavo la cara será más por costumbre que por necesidad… ni rastro de legañas. Bueno, al menos tengo que peinarme, porque ya sería para nota el no tener que hacerlo.

Esta rutina y las que voy a seguir contando son la tónica general desde hacer unas semanas.

No me cuesta prepararme el desayuno y me tomo con sumo placer mis cereales, sin necesidad de salir de casa con una buena dosis de cafeína para afrontar la calle con un mínimo de garantías

Con relativa rapidez encuentro el vestuario adecuado y no pierdo minutos pensando si esta camisa es más apropiada para llevar con esos pantalones o si el olor de mis calcetines indican ya la conveniencia de probar con un par limpio del cajón.

Pero lo peor no es eso, es que el trayecto al trabajo lo hago completamente espabilado y disfrutando del transporte público como si se tratara de una bendición que nuestros amables y competentes gobernantes nos ofrecieran en pos de nuestra comodidad y ahorro.

Al llegar al trabajo, si subo a la cafetería con mis compañero es más por dar charla animada que por la necesidad de una segunda dosis de cafeína (y eficaz desatascante, que todo hay que decirlo del café de máquina) o contarnos nuestras penurias sobre falta de sueño, cansancio acumulado tras la semana de trabajo o tras un finde en el que no es que se haya hecho algo especial, es que simplemente nos hacemos viejos y lo más mínimo nos agota. No. Yo estoy dicharachero y digamos que hasta cierto punto agudo y original en mis comentarios.

¿Cual es el problema de todo esto? Evidentemente la gente se preguntará qué hay de malo en ello, pero es simple y llanamente que no quiero seguir así.

Estoy empezando a notar que en el metro me miran mal, mis compañeros de oficina me esquivan, no quieren tener a un tío animoso junto a ellos y lo que es peor, no aguanto mi cara alegre al mirarme al espejo por las mañanas.

Juraría que yo sí que voy hacia una verdadera depresión post-vacacional, he debido de desconectar tanto y haber recargado hasta tales niveles mis pilas que me he transformado en alguien que realmente me preocupa y me gusta menos aun. Quiero volver a necesitar mis dosis de cafeína, necesito tener que arrancarme las legañas como cuando me quito los tarzanitos del culo… me encantaba llegar al trabajo y echar pestes del olor a sobaco de quien se me sentó a mi lado en el metro… y como no, todo un clásico… llegar a dormirme en el trabajo frente al monitor del ordenador.