martes, 21 de mayo de 2013

Falsas Apariencias



Me he pasado un tiempo totalmente alejado del mundanal ruido, apartado de toda relación social en la más absoluta de las soledades. Vamos, lo que viene siendo encerrado en casa tocándome las bolas sin hacer nada, aparte de no morir de inanición y comido por la mugre y pelusas que tenían a bien visitarme a casa.

El caso es que ha sido una época de introspección y autoconocimiento. Sentía la necesidad de saber quien era yo mucho mejor que cualquier otra persona y la verdad es que ha sido una época de lo más enriquecedora y productiva. Mucho más de lo que podría llegar a imaginar.

Me he dado cuenta de que soy una persona inquieta, amante del deporte y la acción. Me encanta la naturaleza y estar al aire libre realizando las más dispares actividades lúdicas.
Mi gran sed de conocimiento hace que no pueda pasar más de una semana sin visitar un museo o darme una vuelta por la filmoteca nacional. Ver la exposición más "in" o visionar un clásico en blanco y negro es un placer para mis sentidos. Claro está, tras la película, obligatoria discusión café en ristre con un nutrido grupo de culturetas bufanda al cuello y obras completas de Faulkner bajo el brazo.

El dormir, si bien es un placer, he de admitir que a partir de las 6 am lo considero una pérdida de tiempo. Ardo en ganas, una vez los primeros rayos de sol asoman por mi ventana, de dar un salto y empezar un día apasionante lleno de actividades enriquecedoras.

Así soy… sin querer ser una persona engreída, esta es la conclusión a la que he llegado.

Pero claro, no todo va a ser tan maravilloso ni todo va a ser tan bonito. También he llegado a la conclusión de que soy una persona muy tímida… timidísima. Me importa lo que la gente piense de mi, tengo pánico a que el hecho de ser alguien tan activo, tan inquieto, tan ávido de conocimiento, despierte las envidias y críticas de todo aquel que me rodea, me conozca o no.

Es por ello que mi comportamiento real diste mucho del que detallo en este texto, mi afición a dormir, a pasar largas sesiones de sofá en posición horizontal, a que las únicas visitas a la calle sean para bajar al bar más cercano con la cerveza más fría y tapas más grasientas, no es si no consecuencia de mi gran timidez. No puedo evitarlo.

Pero no os fiéis, todo son falsas apariencias, no soy quien parezco ser por mucho que creáis.


lunes, 30 de julio de 2012

Verano


El verano es una mala época, me convierte en un ser despreciable. Me he parado a pensar y he visto que en estos días no he hecho otra cosa que traicionar y traicionar.

He traicionado a las cervezas de siempre y ahora me decanto por el tinto de verano, los callos de mi vecina, han pasado a un segundo plano y se han visto plenamente superados por un buen gazpacho.

A mi osito de peluche, lo he abandonado en un rincón del dormitorio porque el calor que da a la hora de dormir me hace insoportable su compañía, amén de que he traicionado a mi bien querida y siempre acogedora cama para echarme las siestas en el sofá y bajo el chorro del aire acondicionado.

Definitivamente el verano es esa época del año en la que me transformo en un ser del que no te puedes fiar, traiciono a todo lo que debería ser fiel, que me acompaña todo el año sin rechistar y me hace feliz.

Pero eso sí… ¿y la capacidad de adaptación que tengo? Estoy encantado, soy un ser camaleónico.

viernes, 22 de junio de 2012

Mi noche de S. Juan


Un día decidí deshacerme de todos los recuerdos inútiles que me rodeaban, de todas las cosas que había estado acumulando año tras año y que no hacían otra cosa mas que coger polvo allí donde había decidido colocarlas.

En un principio todos esos recuerdos fueron tratados con el debido respeto y dedicaba mi tiempo a tenerlos con un aspecto presentable, libres de polvo, etc., etc… pero como todo en la vida, uno se cansa y acaba olvidándose de los recuerdos, hasta que una gran capa de polvo se encarga de hacerlos desaparecer.

Pues bien, dado que no reparaba ya mucho en su presencia, un buen día, bolsa gigante de basura en ristre, los fui echando uno tras otro dentro de ella y una vez hice acopio de todos ellos, me dirigí a un lugar apartado y solitario dispuesto a quemarlos.

El espectáculo era impresionante, recuerdos de toda una vida completamente olvidados/ignorados a lo largo de otra vida, ardiendo majestuosamente y desprendiendo un agradable calor. Tal era la atracción de las llamas que ahí me quedé hipnotizado frente al fuego y no reparé en la cantidad de humo que respiré y hollín que se quedó pegado a mi cuerpo.

Una vez el fuego se extinguió, tomé tranquilamente rumbo a casa con la satisfacción de haberme deshecho de recuerdos de toda una vida sin ser consciente de lo que se fraguaba.

Desde aquel infausto día, tengo más presentes que nunca mis recuerdos… bien pegados a mi piel,  circulando por mis venas y perfectamente adheridos a los tejidos internos de mi cuerpo y ahora sí que no hay manera de que me pueda olvidar de ellos.

miércoles, 6 de junio de 2012

Comunicación


Mis últimos problemas con la telefonía móvil me obligaron a darme de baja de mi operador de toda la vida y guardar en un cajón bajo siete llaves mi teléfono móvil y en otro bien alejado y bajo el mismo número de llaves su batería.

Desde entonces he recuperado el encanto de las comunicaciones como antes. Robé en casa de mis abuelos un vetusto modelo góndola de telefónica y dado que no tenía línea fija en casa, lo puse de adorno en el salón y decidí bajarme a la calle a hacer uso de las tradicionales cabinas telefónicas. Mi primer problema ha sido darme de bruces con la realidad que es ser alguien tan obsoleto como para no tener móvil y tener que buscar por la calle una cabina pública y encontrarla, encontrarla y que no esté siendo manoseada por un mendigo que intenta sacar de sus tripas unas monedas, y no digamos encontrarla y que funcione.
Lo que sí he echado en falta es la total inexistencia de cabinas cerradas, aquellas en las que de joven usaba como refugio de los fríos de invierno o techo en los días de lluvia y como no, en las que algún que otro “arrime” de cebolleta realicé. También y ahora que soy más mayor, me atraía la idea de vivir una aventura a lo José Luís López Vázquez en un día de llamada despistada, pero no… imposible.

Aunque no todo van a ser problemas o peros, como no me gustan las actuales cabinas públicas al aire libre, me he dedicado a una actividad mucho más gratificante. Busco teléfonos públicos en bares, con la gran ventaja de que por lo general estos teléfonos se encuentran en baretos de toda la vida: bareto de caña, chato de vino y tapa ideal para la dieta del hipertenso o del que toma leche con Omega3.

La verdad es que nadie me va a llamar porque no tendrán los números de teléfono de esos bares y yo estando ahí tan feliz con mi cervecita y tapa grasienta no creo que tenga necesidad de llamar a alguien, pero el caso es estar comunicado.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Sueños III (o ¿Pesadilla I?)


No sé si mi aventura onírica se me está yendo de las manos, de ahí la duda del título de arriba.

Bien, estábamos en la situación de que había decidido crear unos cuantos sueños húmedos y guardarlos en una caja. El caso es que la única caja de la que pude tirar fue de una de música que tenía de cuando era pequeño y que al abrir, emite una dulce melodía con la que me dormía todas las noches cuando era un tierno infante.

Ahora bien, resulta que he pasado una temporada en la que me ha costado conciliar el sueño y he recurrido como antaño a mi caja de música para conciliarlo. Evidentemente el remedio ha funcionado, pero no he reparado en el detalle de que al dejar la caja abierta con su dulce composición, los sueños que ahí almacené, me han rondado cada una de las noches que he tenido que tirar de ella para dormir a pierna suelta. Y es que ha sido una racha bastante mala para lograr dormirme y he hecho un uso intensivo de la caja.

Todo sea dicho de paso, mis veladas han sido estupendas por partida doble: la música como siempre ha ayudado a que me durmiera; y los sueños han sido de lo más gratificantes.

Pero, ¿dónde está el problema?, quizás se pregunte alguien. Pues bien, el problema radica en que le tengo tanto cariño a esa melodía que la tengo como tono en mi móvil y claro, de un tiempo a esta parte, cada vez que me llaman, cual perro de Pavlov, sufro unas tremendas erecciones con todo lo que ello conlleva. Afortunadamente, aun no he llegado a babear como los perros.

Pero no nos engañemos, ardo en deseos de que sigan llamándome de Jazztel, Telefónica o quien sea, da igual, solo con la llamada soy feliz.

martes, 22 de mayo de 2012

Sueños II


He de reconocer que me lo pasé pipa montando mis propios sueños a capricho: el más que tradicional sueño en el que vuelas como un pájaro y te sientes el amo del cielo; otro en el que el constante descubrimiento de tesoros ocultos te sumen en la más absoluta de las riquezas…; y así hasta un largo etcétera de fantasías creadas a mi antojo.

Fue como volver a la más profunda de mis infancias, recreando un mundo de fantasía y felicidad al que una vez llegada cierta edad no se vuelve. La madurez te fuerza a olvidar esa parte creativa y fantasiosa que todos tenemos y que ahí está, aunque sea en el más recóndito rincón de tu imaginación.

Pero en el fondo sentí que me faltaba algo, lo de soñar a antojo había sido gratificante, pero echaba de menos algo. Así que dado que había gastado todas las palabras que encontré por entre las sábanas aquel día, no tuve más remedio que armarme de paciencia y dejar pasar el tiempo para lograr lo que quería. Era condición imprescindible que pasasen unas cuantas noches y siestas para ir acumulando sueños por entre las sábanas y bajo la almohada.

Cuando hubo pasado un tiempo que consideré adecuado, una mañana tome las sábanas y las agité no con tanto ímpetu como la otra vez, para así evitar que las frases que aun hubieran quedado unidas no se convirtieran en palabras sueltas o lo que era peor, en vocales y consonantes que convertirían en algo más difícil aun mi puzzle onírico.

No fue tan rica la cosecha como la otra vez, pero saque suficiente material como para dedicarme a la tarea.

Era el momento de crear a la carta mis sueños húmedos y lo que es aun mejor, guardarlos en una cajita para poder tirar de ellos en momentos de apuro.

jueves, 10 de mayo de 2012

Sueños


El otro día me sorprendí a mi mismo haciendo la cama por primera vez en mucho tiempo.

No sé muy bien a qué obedecía dicho comportamiento, pero ahí me encontraba abriendo las ventanas de la habitación, retirando las sábanas y dejando todo a merced del fresco aire de la mañana.

Tras desayunar, volví a rematar la faena para dejar todo en prefecto orden y recogido. El caso es que al sacudir las sábanas para terminar de orearlas y dar unos buenos manotazos a la almohada, saltaron por los aires montones de palabras que quedaron amontonadas sobre el colchón. “Dios mío”, es todo lo que alcancé a decir al tener frente a mi las palabras que debían componer los sueños e historias que me habían acompañado en mis ratos de descanso a lo largo de ni se sabe las noches (y los días).
Y ahí me vi yo… con un montón de palabras que tal y como estaban no significaban nada y no me permitían rememorar los sueños que había tenido.

De repente algo se apoderó de mi con gran fuerza y me puse a recopilar como un poseso cada una de las palabras que allí se encontraban, para ver si era capaz de recuperar esa parte de mi subconsciente. El trabajo fue duro y no tardé en acabar desesperado y cansado por no llegar a buen puerto en mi cometido, así que tomé una decisión sabia y práctica: partiendo de la base de que tenía ahí un buen repositorio de palabras, ¿por qué no componer lo que me diera la gana? Total, me dediqué a conectar las palabras de la manera que más me gustó.

Al fin y al cabo, eran mis sueños y podrían ser como yo quisiera que fueran.